“Bogotá, el miedo y la pandemia”

Jimena Sierra, July 27th, 2020

A FG por sus palabras, que nos ayudan a entender-nos.

“Hoy y acá somos seres torvos, seres protegidos con cerraduras y candados, seres que se recogen temprano, que se mienten, seres que bailan un mapalé infinito donde nadie toca a nadie porque tenemos miedo del contacto, del contagio. Cuatrocientos cincuenta años de miedo. Quinientos años. En las próximas décadas tenemos que acostumbrarnos a ser domésticos, a pensar, a ser reflexivos, a abandonar este ansioso dolor que nos ahoga” [Garavito, 2007, 214].Así describe Fernando Garavito a través de su heterónimo Juan Mosca, cómo en Bogotá ya vivíamos desde hace tiempo como si estuviéramos en una pandemia.

La última vez que fuimos a cenar fuera de casa antes de que empezara la “cuarentena” fue el viernes 6 de marzo. El mismo día en el que se celebra el nacimiento de Gabriel García Márquez en Aracataca, un pequeño pueblo en la Costa Atlántica colombiana en el que se le dio vida a Macondo y al mundo del realismo mágico. Ese día nos encontramos con un amigo que había venido desde Alemania a dictar una conferencia. Se había quedado en Bogotá solo un par de días y habíamos quedado de vernos antes de que regresara esa misma noche a Berlín. A pesar de que la cuarentena empezó solo una semana después, ese día todo parecía funcionar con normalidad en la ciudad. Él se estaba quedando a un par de cuadras de nuestra casa, así que acordamos que yo pasaría por él y luego iríamos a un restaurante de comida mexicana. De camino al restaurante entramos a una librería donde compró algunos libros para sus hijas y varios discos de artistas colombianos. Hasta donde recuerdo compró el último de “Aterciopelados”, y algún clásico del vallenato, de Rafael Escalona o de Alejo Durán.

Durante la cena hablamos principalmente de la pandemia. Unos amigos nos habían contado lo que estaba ocurriendo en Italia y sabíamos lo que se decía en los medios sobre el supuesto origen del virus en un mercado en la ciudad de Wuhan en China. El nos contó lo que le había dicho un médico alemán que veía con escepticismo lo que estaba ocurriendo, al igual que muchos lo hacíamos hasta ese momento. Recuerdo que tomamos una cerveza “Corona”, cuyo nombre nos causó un poco de gracia en ese momento y terminamos hablando del negocio de las patentes de la industria farmacéutica, de los intereses de Estados Unidos en las inversiones chinas y de cómo el virus podía afectar la economía en expansión de potencias emergentes.

Hasta ese día no se sabía de ningún caso reportado en Colombia, así que nuestra opinión se basaba principalmente en lo que decían las noticias sobre lo que estaba ocurriendo en el exterior. Sin embargo, a los pocos días, se supo del primer caso de muerte por Coronavirus en el país. Se trataba de Arnold de Jesús Ricardo Iregui, un hombre de 57 años, amante de la música salsa, quien trabajaba como taxista en Cartagena y que había transportado en el centro histórico de la ciudad a unos turistas italianos unos días antes de fallecer. Arnold de Jesús era el mayor de siete hermanos de un matrimonio de Barranquilla y tenía tres hijos. Por la precariedad del sistema de salud en Colombia, la prueba del Covid solo le fue realizada el 16 de marzo, después de que ya había fallecido y después del peregrinaje o del “paseo de la muerte” que tuvo que transitar para que lo atendieran; sin que se percataran de que al parecer había portado el virus por doce días antes de morir, desde que le había contado a su hermana que había escuchado estornudar varias veces a uno de los italianos que había transportado.  

Arnold de Jesús Ricardo Iregui

Foto tomada de: https://www.semana.com/nacion/articulo/arnold-de-jesus-ricardo-la-historia-mas-alla-de-la-primera-muerte-por-covid-19/676444

Treinta y ocho años antes, el 8 de diciembre de 1982, Gabriel García Márquez le había dicho al mundo entero desde Estocolmo que “Ni los diluvios, ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos, habían conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte”. Sin embargo, desde la muerte de Arnold de Jesús, ese primer caso del que supimos por los medios casi con incredulidad, empezamos a ver como esa ventaja tenaz de la que nos había hablado Gabo, se iba reduciendo rápidamente con los días. El 25 de julio los medios reportaron 249.000 casos confirmados sin contar con el enorme sub registro que debía existir por falta de pruebas.  

El número de muertes por el Covid-19 se multiplicaba cada día, al mismo tiempo que aumentaban los asesinatos de los líderes sociales en todo el país: la otra cuenta regresiva que empezó desde que se firmó la paz con las FARC en La Habana en junio de 2016. Sin embargo, lo inverosímil que resultaba para muchos esa cantidad de muertes por el virus, a diferencia de la cantidad de víctimas por la violencia a la que estamos acostumbrados, hizo que los medios empezaran a llamar más la atención sobre las víctimas del Covid que sobre las víctimas del conflicto después del Acuerdo de Paz, a pesar de que el número de estas también se seguían multiplicando diariamente, incluso durante la pandemia.

Todos en Colombia crecimos en mayor o en menor medida con el miedo a la muerte. Ese miedo lo fuimos alimentando con las historias de nuestros abuelos sobre la época de “La Violencia”, con “La toma del Palacio de Justicia” que vimos con desconcierto por televisión,  donde murieron todos los magistrados de la Corte Suprema de Justicia que habían sido profesores de mis papás, y con la ola de asesinatos de líderes políticos que vino después, con las bombas que explotaban en cualquier lugar a cualquier hora en lo que se conoce comúnmente como la “época del narcotráfico” – como si este fenómeno ya no existiera-, y con la noticias sobre secuestros, masacres y desapariciones que seguían pasando ya entrado el siglo XXI y que nos hacían recordar permanentemente que vivíamos en un país en guerra. 

Ese miedo siempre latente, de alguna manera nos seguía resultando familiar en la pandemia, aunque por motivos diferentes. Recuerdo haber leído durante los primeros días de la cuarentena a Óscar Rizzo, un neumólogo argentino, que decía que lo que más nos causaba terror era tener que presenciar “en vivo”, minuto a minuto por las redes sociales, el conteo de muertes por la pandemia, aunque enfermedades más conocidas como el cáncer pudieran causar más víctimas.

A pesar de lo distópico que se veía el panorama, los primeros días de la llamada “cuarentena” que ya lleva casi cinco meses, parecían días más o menos normales en Bogotá. Por nuestra ubicación geográfica no tenemos marcadas estaciones en el año y aunque hay épocas de lluvia y de días de sol -cada vez más variantes por el cambio climático-, esta circunstancia hace que vivamos en una especie de otoño permanente, con todo lo que esto implica: un estado de ánimo que contrasta con el de nuestros compatriotas de la Costa Atlántica o de “tierra caliente”, la ropa abrigada, el cuerpo medio entumecido, el trabajo arduo para distraer el frío y la mente, la costumbre de empezar la jornada lo más temprano posible, la pereza de salir a la calle en la noche y el afán de hacer lo que hay que hacer antes de las seis de la tarde, antes de que oscurezca.

Por esos primeros días de la cuarentena, cayó en mis manos un libro de Juan Mosca (1980 – 2007), el heterónimo de Fernando Garavito (1944 – 2010), quien falleció en el exilio, dejándonos sus palabras para tratar de entender el miedo que nos habita a quienes vivimos en esta ciudad. “Bogotá es el territorio de la ausencia” escribe Juan Mosca, “La geografía de lo que se niega, el espacio vacío un poco antes de la muerte. Por eso también la fascinación. Vivir esta calle, esta casa, este parque abandonado, es caminar el camino que bordea la montaña, entre la cumbre de la cordillera que se desmorona y la hondonada profunda que recoge los desperdicios de ese derrumbe telúrico. Bogotá es agarrarse desesperadamente a un yerbajo que hunde sus raíces en el aire, para no despeñarse, para guardar la compostura” [Garavito, 2007, 213].

“Así debemos amar la vida en este sitio” nos dice, y así lo hemos seguido haciendo durante la cuarentena: levantándonos cada día y abriendo la primera página del periódico con la esperanza de que en algún lado ya hayan encontrado la vacuna, trabajando desde casa y escribiendo una línea a la vez, mientras muchos, menos privilegiados que nosotros, deben salir a la calle en medio de la pandemia a ganarse la vida. Seguimos haciendo planes con los amigos y la familia que están del otro lado del mundo para “cuando pase la pandemia”, cruzando los dedos para poder volver a ver a mi abuelita antes de que se acabe todo esto y creando ilusiones que hacen que sea más fácil empezar el día: un nuevo trabajo, un nuevo país, celebrar la vida juntos.

Julio Cortázar y su gato Teodoro W. Adorno

Foto tomada de: https://www.revistacronopio.com/especial-cortazar-cronopio-12/

En este otro tipo de encierro obligado, Gaia y Rosario, los seres gatunos con los que vivimos nos han enseñado sobre la capacidad de asombro y sobre la finitud de cada día. En “El Último Round”, Cortázar habla de Teodoro W. Adorno, su gato, para describir a todos los gatos del mundo. Dice que “su órbita es lenta y pequeña, va de una mata a una silla, de un zaguán a un cantero de pensamientos; su dibujo es pausado como el de Matisse, gato de la pintura, jamás Jackson Pollock o Appell” [Cortázar, 2010, 124]. Esa mirada de gato que nos permite ver y aceptar las cosas en su finitud, era la misma con la que Caeiro veía el mundo. Así lo describía Garavito en la entrada de su diario del 24 de febrero, cuando decía que Caeiro era el mejor de los heterónimos de Pessoa.

“Amo a Caeiro” dice Garavito. “Es un ser tan esencial, tan limpio. Nunca encuentra nada más allá de lo que le dice la percepción inmediata. No piensa que haya paisajes: piensa que hay vacas, nubes árboles. Pero no los suma: los ve en su identidad absoluta. Y en esa identidad capta el verdadero sentido de la vida” [Garavito, 2007, 102]. Garavito se lamentaba de no ser más gatuno, de no ser más como Caeiro, de no ver las cosas como son y de no poder aceptar la belleza de su finitud. Le pesaba que le hayan sido vedadas esas cosas y haber tenido que referirse a un país demasiado amargo. “A mi me hubiera gustado ser un poeta anónimo, sin libro publicado. Y morir viendo pasar las nubes” [Garavito, 2007, 102] concluye. Tal vez aconsejándonos –esa extraña forma que tiene la nostalgia- que viviéramos más como Caeiro.  

Fernando Garavito y su gato.

Foto tomada de: https://blogs.elespectador.com/cultura/el-magazin/fernando-garavito-la-memoria-de-un-rebelde

Jimena Sierra | Bogotá | July 27th, 2020

Bibliografía

Garavito, Fernando. Banquete de Cronos. Ediciones B, 2007.

Cortázar, Julio. El Último Round. Editorial RM, 2010.

Published by pzumbansen

law professor.

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